DIARIO 16

Abrirse de orejas

*** La Musgaña. Músicos: Enrique Almendros, gaita y tamboril; Carlos Beceiro, bajo, cistro y zanfona; Jaime Muñoz, clarinete, acordeón y flautas. Lugar: sala Caracol, Madrid.

 

Pedro Calvo

No es el folclore cuestión de exhumación cultural, fijación inmovilista, sacralización de lo agónico, nostalgia de la aldea perdida. La Musgaña -ratón hocicudo- hace del folclore castellano -leonés una fantasía a pelo tan vivita y coleando como el bichito que lleva su nombre.

Estos tres músicos madrileños conocen en profundidad la música que aman, la investigación sin ánimo calcográfico; son músicos de nuestro tiempo, artistas que defienden un estado de belleza para nada petrificado. La moda -esa majadería- lo está confundiendo todo. Al folclore -el flamenco también- se le suele malinterpretar como tarada manía de gentes atávicas. Tales juicios vienen de las ridiculeces de la incultura hortera. La música , en el género que sea, si conmueve es arte. Pero ¿qué saben los horteras, por muy "modernos, cientifico, técnicos" que sean, de arte?. En Aliste (Zamora) el gaitero tamborilero acompaña las ceremonias religiosas importantes. Es el momento para que un músico popular de rienda suelta a toda su creatividad, liberada de las servidumbres del baile. La erupción de profunda belleza que brota de la gaita de fole de Enrique Almendros arranca lágrimas.

El bajo eléctrico sin trastes de Carlos Beceiro, la manera tan absolutamente sensata y ajustada con que es tocado, pone el necesario color emocional de este jodido fin de siglo. Estos músicos no son loros mecánicos que reproducen joyas de artistas despreciados por el conocimiento -esos viejos que desafinan hasta el infarto- son creadores avalados por un inmenso y sincero sentido del respeto por el territorio cultural en el que trabajan. Muchas tonterías se cotorrean de la "Woeld Music", la música ignominiosamente llamada étnica. La infame modernidad es tan racista y obtusa como el que más. A La Musgaña la disfrutan asiduamente en Canadá. En Madrid, su tierra, apenas actúan. Vivimos en un país estomagantemente ridículo.